Hacia un trabajo en equipo & un cluster de talentos
Para los que estudiaron alguna vez algún ramo de Economía en la Universidad, sea introductorio o aplicado, no es extraño encontrarse en él con una cierta representación del comportamiento humano en términos de egoísmo o maximización de bienestar personal. Más allá de que efectivamente los hombres, por lo general, velan por sus propios intereses, no obstante dichos intereses muchas veces comprometen la fortuna y bienestar de los demás. Esto complica bastante las cosas si, como se pretende hoy en día, validamos las observaciones econométricas con un alto grado de generalidad, al punto de alimentar gran parte del discurso político (y por tanto moral) que mueve nuestras sociedades. Esto es así, al punto, que el diseño de nuestras políticas públicas -e incluso la dicusión de la calle- se realizan sobre la base de este presupuesto que podemos resumir en el siguiente título: homo economicus.
Ahora, si invertimos algunos presupuestos metodológicos, como que el producto de un intercambio es medible sólo en términos subjetivos (bienestar personal) y entendemos toda interacción en términos estratégicos y con valor interpersonal, nos vemos en la situación teórica de no poder aceptar ciertos comportamientos como meramente "irracionales", ni mucho menos no compartir la idea que distingue entre lo que me hace bien a mí, porque yo lo deseo, o lo que me hace bien a mí, porque "me pasa" o le pasa a alguien que conozco. Es decir, si concebimos que gran parte de nuestras acciones no son fruto de nuestra voluntad, sino que más bien son reacciones a ciertas situaciones dadas y, a ello, sumamos que enfrentamos dichas situaciones con grados de temor e incertidumbre, entonces concluimos que lo que "me hace bien a mí", no es sino una medida que debe incluir, entre otras cosas, la capacidad que tenemos de observar las acciones ajenas y de que somos observados por los demás en dichas acciones. Me explico.
El comportamiento humano, si es menester que sea un objeto de estudio, ciencia de la cual luego estemos en condiciones de extraer conclusiones que den fuerza descriptiva a los legítimos intereses normativos que recaigan sobre dichos comportamientos, debe hacerse cargo de cómo efectivamente ésta es observable a los humanos, en cuanto espectadores. Lo anterior, se resume en la idea de que estamos enfrentados a una gran audiencia y que, frente a ella, como a un espejo, nos rendimos, fruto que en nuestra psiquis habitan -llamemoslo así- principios sensibles que nos abren los estados afectivos ajenos. En este contexto, evaluamos los comportamientos ajenos, dados dichos sentimientos. Esto, por lo general, lo llamamos simpatía. Por ende, los individuos además de estar en condiciones de elegir entre cual o tal curso de acción, ellos, ante todo, están en condiciones de evaluar de forma pasiva, cómo actúan los demás. En este sentido, la mente humana está en condiciones, incluso, de tomar parte de la situación que vive el prójimo, en la forma de premios y castigos.
A mi juicio, este punto no es trivial allí donde queremos, por ejemplo, diseñar una organización educativa y, más aún, una tal que tenga en vistas la formación audiovisual, específicamente, la producción cinematográfica. Aquí cabría la pregunta legítima: qué tiene que ver una cosa con la otra. Y, bueno, tienen que ver por lo siguiente.
La educación nacional, tal como están los incentivos acutualmente en la educación superior, nos enseña que más que el proceso formativo, el énfasis tiene que estar puesto en el aspecto inmobiliario. Dado que las universidades tienen que tener una cierta cantidad de matrículas, la cantidad de alumnos está en estrecha relación con la cantidad de baños, salas y pasillos donde éstos estudian, es decir, metros cuadrado (para lo cual hay normas por lo demás, como lo estacionamientos por alumno). Por otra parte, la necesidad de acreditación obliga a a que los profesores tengan posgrados porque sí, da lo mismo cómo y en qué, da lo mismo el plan sobre la base que se funda el posgrado, lo importante, en principio, es que el profesor lo tenga. Luego, puede darse que haya una línea editorial, y que se premie la creatividad de un profesor, que no sea un latero, etc., pero casi nunca ello ocurre. Además, la universidad es una instancia de sociabilización, por lo cual, muchas veces más que aprender, es más importante hacer redes sociales, estar cómodo y que la reflexión se vuelva el ejercicios de praparar el "carrete" del fin de semana. Con este diagnóstico, es poco lo que se puede esperar de un sistema cuyo diseño pone mal los énfasis: cantidad por sobre calidad, cartones por sobre competencias, y tribuna por sobre autenticidad. Todo, por cierto, sobre un supuesto: homo economicus.
En este contexto, venir a Valdivia a formar una organización a escala humana exige incorporar una serie de elementos, que por lo demás no son nuevos en la literatura heterodoxa.
Por una parte, la enseñanza se sostiene sobre la base de una experiencia colectiva. En efecto, el conocimiento es el resultado de muchas correciones, observaciones, críticas y errores. La única manera de equivocarse es en la medida que estamos expuesto al escarnio público, al observador que nos acompaña, y no sólo a una mítica voz de la conciencia.
Además, en el caso específico del cine, se da paradigmáticamente el trabajo en equipo y el cruce de saberes provientes de otras artes: narrativa, foto, música, diseño. Esto obliga a repensar las posibilidad de la exigida especialización del trabajo, allí donde no se tiene una mirada de conjunto.
En este contexto, la organización que se proponga, en un lugar periférico, armar una escuela de las artes más caras y complejas que existen puede ser simplemente un error. Pero como me mencionaba un Director de Fotografía, el cine consiste en hacerse problemas. Y, eso, parece lo comparto con los cineastas. Aquí, el problema consiste además en cómo hacemos eco del oficio, el olvidado arte de manejar un instrumento, más allá de los cartones. Cómo recuperamos todo esos valiosos hombres y mujeres que, en lo que Benjamin llamó la reproductibilidad técnica, quedan fuera del "sistema económico" y que, por lo general, asumen la vida de modo creativo, con una baja aversión al riesgo y un profundo sentido de compromiso político. O sea, de un homo economicus reciprocans.
Por lo mismo, la ECV se hace cargo de un hecho que no está en su voluntad y este hecho es que en la Región que la vio nacer se espera armar lo que se llama un Cluster de Industrias Creactivas (IC). Sin entrar en detalles, un cluster es un tipo de asociación, una asociación de la información y las IC son, principalmente, una industria de talentos: audiovisual, diseño & música.
Esto, vuelve el error al que estamos expuestos un problema común del que todos somos parte. Querámoslo o no, hay que asociarse y hay que buscar caminos comunes de creación. A su vez, hay que abrir puentes que nuestros prejuicios culturales permanentemente dejan de lado. Por ahora, se siguen dando pequeños pasos para la concreción de una organización que se articule a partir del trabajo colectivo que imponen las fuentes de financiamiento en el mundo audiovisual: los fondos. Al mismo tiempo, que la enseñanza no puede esperar frente al inminente cambio de paradigma que nos lleva a reflexionar sobre la esencia del capitalismo. En este contexto, la maximización de mi bienestar, allí donde no incorpore el saberme observado y sujeto a sanción por mis pares (por ejemplo, frente a mi inequidad), o, simplemente, porque los humanos no contamos con la información para maximizar nada, no será más que un viejo estertor de un pensamiento económico primitivo.
































































































Comentarios