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STAR SYSTEM / SUPERMANN

Las estrellas de cine son armas de doble filo para "la industria".

Hay actores que han impulsado proyectos de un modo que resulta ser crucial para vencer las resistencias de los inversionistas. Recientemente tenemos el caso de Nicole Kidman y Tom Cruise con la última película de Kubrick. En sus tiempos, gente como Warren Beaty, Jack Nicholson y Robert de Niro fueron cruciales en la gestión de fondos para el nuevo cine norteamericano de los años setenta y fines de los sesenta. Como Danny de Vito, uno de los productores de Pulp Fiction, algunos tienen un ojo particularmente sensible para captar el potencial comercial de un cine, digamoslo así, distinto. E incluso en ese caso, y en el caso de Robert Redford, exhiben capacidad para hacer un cine comercial con pulso y contenido (Guerra de los Roses, Gente como Uno, Quiz Show). Y aunque estropea el casting, es probable que Scorsese tuviera que reducir el presupuesto de sus últimas películas si no las protagonizara el horroroso Di Caprio.

Sin embargo, los astros también pueden curvar la trayectoria de un proyecto, u operar directamente como hoyos negros. Eso sucede cuando creen que tienen que interpretar cierta clase de personajes o cuando gestionan proyectos para hacer realidad sus fantasías. Los actores puede perder el sentido de la realidad con facilidad. Por algo decía Godard que son 'medias personas'. Incluso de Brando escuché decir, en un documental sobre Chaplin, que el productor de "A Countess from Hong Kong" lo consideraba un "part-time air-head" (literalmente, un cabeza-hueca de medio tiempo). Un ejemplo es Al Pacino: de un tiempo a esta parte, hace el mismo papel en todas sus películas. Un newyorkino, un tipo curtido que se las sabe por libro. En estos casos, da lo mismo todo lo demás: uno va a ver una pelicula con/de Al Pacino. Hitchcock se reía de la Bergman y su obsesión por interpretar grandes personajes históricos como Juana de Arco. Un curioso caso, entre paréntesis, es Robert de Niro, quien debe percibir que sus roles como perturbado lo persiguen, de modo que está ansioso por demostrar que es capaz de divertirse sin jugar a la ruleta rusa.

¿A qué coño iba con todo esto?

El protagonismo del actor es uno de los problemas con el último film de Michael Mann: Enemigo Público. Johnny Depp se repite en el papel de "Blow", haciendo patente que le gustó. Un delicuente romántico, liberal, contestario y emprendedor. Esto calza, hasta cierto punto, con los héroes de Mann. Y no está lejos tampoco del bucanero que anima, en la medida de sus fuerzas, ese letargo interminable sobre piratas. Que mejor negocio. Pero que lata para los espectadores. Sólo las escenas que ocurren en un cine se rescatan. Qué bonito si el centro de gravedad del film hubiera sido el interés de John Dilinger por el cine y la influencias de las estrellas del cine negro sobre los propios gangster. De hecho, en un momento de inspiración del director, un matón ebrio jugoso se pone a imitar James Cagney en un bar. Pero esa clase de reflexividad tiene escasa rentabilidad, al menos a corto plazo.

("Blow", dicho sea de paso, es un esmerado intento por desarrollar el paradigma scorseseano de modo ortodoxo).

El otro problema, mucho mayor, es que Michael Mann tiene un autoconcepto de sí mismo como cineasta: se cree un autor con un punto de vista personal, con un mundo y un imaginario. Antonio Martinez ya observó que la película esta 'sobrefilmada', ¡pero la salva en la última línea de su crítica! Para entender por qué la película es una sola gran burocracia semiótica, confróntese la notable crítica de Hermes en la Zona de Contacto.

(Hermes, dicho sea de paso, es una mezcla de lucidez y abominación que merece un comentario por si mismo. Es probablmente el crítico de cine más interesante en el país (al menos no copia sus críticas a The Guardian, como hacen otros empleados más presuntamente más respetables de agustín edwards eastman): transparenta el tedio supremo en que se ha convertido el cine comercial actualmente. Hermes es mejor espectáculo que las películas que reseña.

Pongamos las cosas en orden. Los proyectos de Mann tienen muchos aspectos acertados y se preocupa del casting. "Heat", el gran crédito, es una película de acción al estilo antiguo, de las que casi ya nadie sabe cómo se hacen (después de la muerte de Frankenheimer, sólo cabe que Friedkin se ponga las pilas). La misma impresión guardo de "El ültimo de los Mohicanos", aunque no la tengo en la retina. La decisión de hacer un thriller corporativo con el episidio de las tabacaleras en USA es una idea rescatable como nostalgia del cine políticamente correcto de los 70's: Todos los Hombres del Presidente, Silkwood o Los Tres Días del Condor. (!Incluso se menciona a Herbert Marcuse!). La idea de hacer "Miami Vice, la película", no tanto. Pero Mann debió dejarle a otro la ejecución de esa idea. Lo mismo puede decirse de "Ali": es una soberana lata. "Collateral" vuelve a retomar lo que sabe hacer: cine de acción con su toque psicodramático.

Ergo, pregunta: si la metralla (o el hachazo) es lo de Mann. ¿Por qué es tan buena la balacera de Heat? ¿Y por qué las balaceras de Public Enema ya son sólo rutina? ¿Es que yo he cambiado y el chiste no me hace tan gracia? ¿Es que algo ha cambiado en el mundo?

(Panteon de las balaceras: las dos Caracortadas, Peckinpah, Cimmino y Ralph Bashky (sí, la increible rebelión de los cuervos del Bronx en El Gato Felix)).

Por eso, guardemos las proporciones. Y quien quiera meter a Michael Mann en el canon recuerde que se trata... ¡¡¡¡del creador de Miami Vice!!!

Y el problema final: ¿Qué pensaría Anthony Mann de todo esto? (de todo...)

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